Mito a derribar: "para correr en montaña hay que vivir en la montaña". Ojalá, pero no. La mayor parte del año estoy en la ciudad, entre el estudio y la tienda, y las carreras que corrí este año las preparé casi enteras a nivel del mar, corriendo por la costanera con el skyline de fondo.
Mi sistema tiene tres patas. Uno: fuerza, mucha fuerza. Dos sesiones semanales de piernas — sentadillas, estocadas, subidas al cajón con peso. La fuerza es el desnivel de los que no tienen desnivel. Dos: escaleras y rampas. Un edificio alto o una bajada de puente repetida veinte veces no es glamoroso, pero el corazón no distingue paisaje: distingue esfuerzo. Tres: la salida larga del fin de semana, corrida por tiempo y no por distancia, imitando lo que va a pedir la carrera.
Después está lo que la ciudad no puede darte: la técnica de bajada, el pie en terreno irregular, la cabeza en la exposición. Eso lo concentro en escapadas de dos o tres días por mes. Poco tiempo en montaña, pero llegando con el motor ya construido, se aprovecha el doble.
La parte que más me gusta de este esquema es la que menos esperaba: correr al amanecer por la costanera, con la ciudad todavía dormida, se volvió un momento propio y no un plan B. El entrenamiento urbano no es el consuelo del que no está en la montaña: es la fábrica donde se arma la que va.