Hicimos cumbre a las once de la mañana y no vimos absolutamente nada. Niebla cerrada, escarcha en las pestañas, el altímetro como único testigo de que estábamos donde decíamos estar. Nos sacamos una foto igual: seis personas sonriendo dentro de una nube.
Si documentás tu proceso en público, hay una tentación constante: mostrar solo los días de cielo despejado. Las redes están llenas de cumbres con vista y vacías de cumbres con niebla, que son — les aviso — como la mitad de las cumbres reales.
Esa salida valió por todo lo que no sale en la foto. Fue la primera vez que navegué un tramo entero con mapa y brújula sin ayuda, porque me propuse no depender del GPS. Fue la primera cumbre invernal de dos personas del grupo que hace un año no habían pisado nieve. Y fue el testeo final del equipo que va a la expedición grande del año que viene.
Aprendizaje concreto para llevarse: definí antes de salir qué hace que el día valga, y que no sea solamente la vista. Si el único éxito posible es la postal, la montaña te va a decepcionar seguido. Si el éxito es volver mejor de lo que saliste, casi todos los días son buenos días.
La cumbre sigue ahí. Vamos a volver un día despejado, no por la foto: porque las ganas de ver ese valle desde arriba quedaron intactas.